martes, 17 de mayo de 2011

Was it bad enough to be too late? Just tell me the words I might have ate.

Tras pagar una tarifa de $1,10, se sentó en uno de los asientos cercanos a la puerta trasera del vehículo y en silencio comenzó a pensar en todas esas respuestas que debió haberle dado en su momento, y en todos aquellos planteos que le haría en cuanto tuviera la oportunidad. No era que ella tuviera la razón, pero lo que sí era seguro era que él estaba equivocado.
Luego de quince minutos de viaje, sentía que el hecho de haber estado hablando sola para sus adentros desde el momento en el que se sentó, y haber visto pasar por su lado tantos edificios grises bañados de sol de media tarde, le habían ayudado a arribar a centenares de conclusiones. Y ahora tenía muchas palabras atoradas en la garganta, a punto de estallar.
Tocó el timbre para avisarle al chofer que la próxima parada era la suya, y en cuanto se bajó comenzó a caminar las cuadras faltantes para llegar a su casa. Su paso se transformó en un trote incómodo.
Con una nueva actitud y un enorme y pesado sentimiento poco conocido que hacía que le estallara la cabeza, comenzó a desnudarse tras cruzar la puerta de su hogar.
La casa estaba vacía y su boca llena de acusaciones.
A cada paso que daba, tiraba una prenda en el piso dejando un rastro que evidenciaba la ira con la que esas ropas habían sido arrojadas al suelo. Entró al baño hecha un tigre y dejó correr el agua de la ducha mientras se deshacía de su ropa interior. Con la piel erizada, dejó que la lluvia detrás de la cortina la empapara mientras se enfrentaba con los ojos cerrados a los azulejos preguntando "¡¿Por qué?!".

Cuando el agua le relajó por fin los músculos y cesaron los temblores producto del cambio de temperatura y del nerviosismo, comenzó a acariciarse el cuerpo con jabón en las manos, intentando consolarse y recobrar la compostura. Aún con la vista clavada en los azulejos destilando ira, vio dos ojos que la observaban esperando una explicación, una respuesta. Se vio allí parada, desnuda, mojada. Más vulnerable que nunca... y ahí estaba él, mirándola a la expectativa de una razón por la cual seguir parado frente a ella.
Y ella sólo pudo soltarle una risa maníaca en la cara, llorando con lágrimas secas. Luego torció sus labios en una sonrisa sarcástica que la reconfortaba y hacía que se sintiera ella misma una vez más.
Se excitó ante la idea de cerrarle la boca y hablar ella, esa satisfacción de tener la razón y de hacérselo saber le recorrió el cuerpo y la lengua se le llenó de argumentos.

Todo esto sucede porque vos quisiste que fuera de esta manera, le recordó, mirándolo a los ojos, perdiéndose en ellos. Yo... quiso decirle. Yo...
Las palabras se le escaparon de la boca sin más, resbalándose entre sus pechos, rodeando su ombligo y llegando a sus pies, ahogándose finalmente en el desagüe.
Comprendió que iba a tener que mantener muchas conversaciones imaginarias en las que ella se desnudaría frente a él demostrándole su vulnerabilidad, disculpándose por cosas que jamás se sintió culpable de haber realizado. Y esas palabras improvisadas, llenas de convicción y lógica, rebotarían en el frío material de los azulejos, y serían acarreadas por el torrente de agua, para ser finalmente comidas por las ratas en las alcantarillas.
Tal vez ella fuera como sus palabras. Quizás en la vida de él ahora mismo ella estuviera siendo roída por las ratas en una sucia alcantarilla, olvidada, descartada, habiendo perdido todo sentido.
Acarició el azulejo en el que se reflejaban sus ojos y se acurrucó en su pecho, frío y duro. Le pasó una mano por su delgado brazo, y le susurró al oído: Hasta acá llegué.
Se envolvió en una toalla para secarse las gotas gordas que le acariciaban el cuerpo, enfriándose por cada centímetro que descendían. Y así, húmeda como se encontraba, abrió la puerta del baño para enfrentarse a la fría realidad que ahora la esperaba fuera de ese pequeño cuartito, en el que la calidez de sus ojos aún la refugiaban.

No hay comentarios:

Publicar un comentario